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La filosofía del radar, no todo es por dinero

radar

La mayoría de nosotros tenemos en la cabeza el pensamiento de que el radar es un ser maligno escondido en cualquier lado esperando a que nos despistemos para cazarnos rebasando un límite absurdo y aligerarnos la cartera, pero no siempre es así. En este artículo vamos a intentar buscar las razones por las que empezaron a implantarse los radares, más allá del tema económico.

Imaginemos que circulamos a las once de la mañana por una autopista impecablemente asfaltada, sin mucho tráfico, con el sol calentándonos el cogote, un ojo clavado en la carretera y el otro vigilando que la aguja no rebase los 120km/h. De golpe estornudamos, lo que hace que demos un bandazo; el coche pisa los tres carriles en una coreografía de equilibrio lateral impecable pero con el ojo del velocímetro vemos que la aguja aún se mantiene en sus 120km/h. Detrás de nosotros reina el caos, hay cinco camiones volcados, tres furgonetas siniestradas, siete turismos hechos trizas y un paracaidista que no sabemos de dónde ha salido pero también está ahí medio muerto. No pasa nada, aunque con el bandazo hemos matado a medio parque automovilístico, no hemos pasado de 120km/h. Entonces algo nos molesta en la nariz, nos metemos el dedo y por desgracia no encontramos petróleo, pero nos sacamos un moco. Tenemos aquello en el dedo y no sabemos a qué parte del coche pegarlo así que quitamos el ojo del velocímetro y lo encaramos hacia la parte baja del volante. ¡Zas! Un flash nos hace poner cara de tontos, aún con el moco en la mano y sin saber la ubicación final del mismo. Miramos por el retrovisor y vemos al señor policía ahí, entre unos matorrales al lado del arcén. Aunque lo parezca, no está cazando conejos, está al lado de su trípode con el radar y en el momento de pensar dónde pegamos el moco el coche se nos ha embalado hasta los 135km/h. Al cabo de un tiempo recibimos una amable receta con una foto de nuestro coche lista para emmarcar.

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Cuando nos pasa eso instantáneamente pensamos en que los radares son unos aparatos malignos, que deberían reventar todos y ser quemados para evitar que se reproduciesen, tuvieran radarcitos que se desarrollaran y terminaran por amargarnos la existencia o que invadieran el mundo. Pues bien, al pensar eso nos equivocamos y es entonces cuando debemos pensar en la verdadera filosofía del radar.

Este aparato fue diseñado para evitar accidentes de tráfico haciendo que los conductores reduzcan la velocidad en tramos considerados peligrosos. Es decir, se pone el radar en un tramo dónde suela haber accidentes y se anuncia unos centenares de metros antes del mismo. Entonces, los conductores vemos la presencia del trasto controlador de velocidad, vamos más despacio y reducimos el peligro de accidente. Suena muy guay, ¿no?

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El problema lo tenemos cuando empiezan a minar las carreteras de radares móviles que no están anunciados. ¿Para qué sirve poner un radar sin anunciarlo si no sabemos que está ahí y, por tanto, no podemos reducir la velocidad, evitando así el peligro de accidente? ¡Pues para jodernos el día y la cartera! En un acto de fe deberíamos pensar que los pobres no se han dado cuenta de cómo funciona exactamente el sistema, pero creo que todos aquí somos lo suficientemente grandecitos para saber por dónde van los tiros.

Concluyendo, cuando vayáis conduciendo y veáis un radar, pensad dos veces si realmente está bien situado, antes de empezar a hablar en hebreo deseándole el demonio al aparato. Pensad que es un elemento de seguridad que, puesto con sentido común, puede ayudar a salvar muchas vidas, así que debemos luchar para su correcto uso.

Nota: Este artículo fue publicado inicialmente en Motor.cat, pero ha sido traducido y adaptado para poder ser publicado aquí.

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